¿Qué Hacía Dios Antes de Crear el Mundo?

En los tiempos de San Agustín de Hipona, como estaba de moda hablar de Dios y del ser humano, de éste como criatura de Dios, mucha gente solía preguntarse: ¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo?

También el santo, sintiéndose afectado por las cuestiones de la gente y las propias, se retiró a un lugar solitario y se propuso:

– “Quiero saber de Dios y del Alma”

Luego se preguntaba a sí mismo:

– ¿Nada más, Agustín?

Y se contestaba:

– Si, nada más en Absoluto.

Con tal auto-propuesta definió su propia filosofía. A partir de ese momento comprendió que la filosofía trata de dos temas: de DIOS y del ALMA. Todo ese anhelado propósito lo plasmó en su libro: Soliloquios (hablar consigo mismo).

Sin embargo, dadas las circunstancias, en la gente de su tiempo, surgieron otras inquietudes, especialmente en los creyentes de entonces. Éstos, con todas las cosas que se decían, comprendían que el tiempo que transcurría para Dios era distinto al tiempo que transcurría para los hombres (mujeres–varones).

En aquel tiempo las cosas se daban como si alguien le preguntara a San Agustín de Hipona para que, éste, con sus escritos y su fina retórica, se viera obligado a contestar preguntas, por ejemplo: a cerca del tiempo. Todas sus obras están llenas de respuestas a preguntas, a inquietudes de creyentes e increyentes. Entonces, a Agustín, le llega una especie de petición de parte alguien:

– ¡Agustín, háblanos del ‘Tiempo’!

Y Agustín declara, recurriendo a su sabida retórica en su libro famoso de las Confesiones:

– ¿Qué es, pues, el Tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.

Con ello, simplemente, estaba queriendo decir que es inútil preguntarse sobre el Tiempo. Asimismo, semejante afirmación, no fue una simple artimaña retórica que surge en un momento determinado, como para salir de apuros, sino una especie de látigo para cuantos se ocupaban de cosas más o menos inútiles, que no valen la pena.

De la misma manera hubo otras cuestiones que, a mucha gente, condujo por caminos cargados de cierta susceptibilidad, especialmente, de duda. Por eso, San Agustín de Hipona, una vez más, recurriendo a su fina retórica, supo encontrar la clave fundamental sobre la cual se erigió el racionalismo posterior.

Como en casi todos sus escritos, ya que responden a cuestiones fundamentales de ese tiempo, ésta vez, sucede como si alguien le pidiera:

– ¡Agustín, háblanos de la duda! Ya que hay muchas almas dubitantes.

Entonces él, una vez más, retóricamente, intenta dar razones sobre la duda, en su obra: De la Trinidad:

– “… Si duda, vive; si duda, recuerda su duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe”.

La centralidad de la duda se constituye, a partir de ese momento, como fundamento clave para la filosofía posterior a la Edad Media, el Racionalismo.

Autor: Ohslho Shree
La Paz, 23 de noviembre del 2008

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