Mark Twain Frases

(Los Límites de la Mente Analítica)
Un sacerdote le invitaba a Mark Twain, una y otra vez, para ir a escuchar sus sermones con los que cautivaba a sus feligreses. Sin duda era uno de los mejores oradores del lugar y que, por eso, gozaba de gran reputación entre sus oyentes y amigos. Tanta fue la insistencia que Twain terminó aceptando ir a la iglesia para escucharle el domingo siguiente. 
Para ese día, el religioso preparó su mejor sermón, compuso las mejores y bellas frases que pudo imaginar, ya que Mark Twain, amigo suyo, iría a escucharlo. Sin embargo, cuando el señor Twain llegó al templo, se sentó en la primera fila y el sacerdote dio el mejor sermón de toda su vida. Puso de su parte toda su capacidad, su energía, tanto que sus palabras no fueron sino una verdadera sinfonía, una gran poesía que dejaba extática a la gente.
 
Sin embargo, sucedió que el sacerdote comenzó a incomodarse ya que el amigo estaba sentado como si fuera un muerto. De su rostro no emanaba el más mínimo destello de aprobación y admiración, mientras que la gente aplaudía, se gozaba y se deleitaba. Su indiferencia era tal que derrumbó toda importancia que podía suponer un bello sermón.
 
Terminada la Misa, el sacerdote y su amigo regresaron en el mismo coche. El sacerdote estaba ansioso de escuchar el parecer de Twain pero éste no decía absolutamente nada. Cuando estaba a punto de descender del auto, el religioso, no pudiendo contenerse, dijo:
 
– No has dicho nada de mi sermón.
 
El señor Twain contestó:
 
– No has dicho nada nuevo. Todo lo que has dicho has copiado de un libro que casualmente anoche estuve leyendo. Está bien que puedes engañar a tus feligreses que te admiran, pero a mí no; soy un hombre de letras y estudio.
 
El sacerdote no podía creérselo. Entonces discrepó:
 
– ¿Qué estás diciendo? No he copiado de ningún lado. ¡Es imposible!
 
Mark Twain le respondió:
 
– Cada palabra que dijiste está en ese libro. Si prefieres, mañana te lo enviaré.
 
Al día siguiente, el señor Twain le envió al religioso un gran diccionario, cuya nota adjunta decía: “¡AQUÍ ENCONTRARÁS TODAS LAS PALABRAS QUE DECLARASTE EN TU SERMÓN!”
 
Todo lo bello de este mundo se encuentra entre líneas, en el espacio intermedio, es decir, en la poesía, en la sonrisa, en el amor, en el éxtasis, en Dios; pero ese espacio intermedio es el límite de la mente analítica. Por eso, la mente de un analista mata la poesía, el mito, la fábula, el cuento, aquello que provoca deleite, gozo, dicha, celebración y alegría, de forma inmediata.

 

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La Paz, 30 de Junio del 2013