El Valor de un DÍA

Cruzando el desierto, un viajero inglés vio a un árabe muy pensativo, sentado al pie de una palmera.

A poca distancia reposaban sus caballos, muy cargados, por lo que el viajero comprendió que se trataba de un mercader que iba a vender sus joyas, perfumes y tapices a alguna ciudad vecina.

Como hacía tiempo que no conversaba con nadie, se aproximó al pensativo mercader diciéndole:

— ¡Salud! Parece muy preocupado. ¿Puedo ayudarle en algo?

— ¡Ay, amigo! —Contestó el árabe con tristeza—. Estoy muy afligido porque acabo de perder la joya más preciosa.

El otro dijo:

— ¡Vaya, vaya! La pérdida de una joya no debe ser gran cosa para vos, que lleváis vastos tesoros.

— ¡Reponerla! ¡Reponerla! —Exclamó el árabe—. Bien se ve que no conocéis el valor de mi pérdida.

Entonces preguntó el viajero:

— ¿Qué joya es eso del que tienes tanta aflicción?

El árabe contestó:

— Era una joya, de valor incalculable. Estaba tallado en un pedazo de la piedra de la Vida y hecha en el taller del Tiempo. Adornábanle veinticuatro diamantes brillantes, alrededor de los cuales se agrupaban sesenta más pequeños. Ya veis ¿cómo tengo razón? Que joya igual jamás podrá reproducirse, ¿verdad?

— Sí, —dijo el inglés—. Vuestra joya debió de ser preciosa. Pero, ¿no creéis que con el dinero que tenéis, podéis hacer otra semejante?

Tornándose pensativo, concluyó el árabe:

— La joya perdida del que hablo es del ‘DÍA’, pues un ‘DÍA’ que se pierde, se pierde para siempre.

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La Paz, 16 de Abril del 2014