El Collar de las Nueve Perlas

Dos exploradores salieron en busca de una recóndita aldea. En el camino se cruzaron con una mujer, que arrodillada en un pequeño río, lavaba ropa. Uno de los hombres se detuvo y dijo al otro:

— Amigo, por favor espérame, que quiero conocer y hablar con esa mujer.

El amigo, al verla y notar que la mujer no es nada del otro mundo, dijo al otro:

— ¿Hablar con esa mujer? ¿No te das cuenta que en la aldea podrías encontrar otras mujeres más hermosas?

Entonces, haciendo caso omiso de los juicios de amigo, el hombre se acercó a la mujer y comenzó a  hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Pero ella le contestó que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella y, en ese caso, debía hablar primero con su padre, que es el jefe del pueblo.

Él la miró y asintió:

— Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero casarme contigo.

El otro explorador, cuando escuchó esto, no lo pudo creer. Pensó que se trataba de una broma. Sin embargo, el explorador enamorado siguió a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea, a quien le explicó sus intenciones.

El jefe de la tribu lo escuchó y explicó que en su aldea es costumbre pagar una dote por la mujer que se elige para casarse. Entonces le informa que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas; por las más hermosas y más jóvenes se debía entregar un collar con nueve perlas; por las menos hermosas, pero que eran excelentes cuidando los niños, un collar con 8 perlas; y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.

Y cuando el explorador, sin embargo, confiesa que ya había elegido una, el jefe contestó que por aquella, por no ser tan hermosa, solo tendría que entregar un collar con tres perlas. El hombre aceptó la propuesta y se realizó la ceremonia. En cambio, el segundo explorador partió al día siguiente rumbo a su aldea lejana.

Después de unos años el viajero regresó a la aldea escondida y por el camino observó un espectáculo increíble: un grupo de gente llevaba sentada en una silla a una hermosa mujer. La escena lo dejó perturbado pero él, no dando importancia alguna, retomó su camino en busca de su amigo. Cuando, al fin, lo encontró, se atrevió a preguntarle por su esposa.

El amigo contestó:

— Muy bien, es una mujer espléndida —respondió el interpelado—. Es más, creo que la viste siendo llevada en andas por un grupo de gente, alrededor de la playa porque está de cumpleaños.

El otro intervino:

— Pero no es la misma mujer que yo conocí, ¿qué sucedió para que cambiara tanto?

— Muy sencillo —explicó el primero—. Me pidieron de dote un collar de tres perlas por ella, y ella creía que valía eso. Pero yo pagué por ella nueve perlas, la traté y consideré siempre como una mujer de nueve perlas. La amé como una mujer de nueve perlas. Y ella se transformó en una mujer de nueve perlas.

Un amor inmenso y sincero cambia considerablemente al ser amado…

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La Paz, 23 de Agosto del 2014