Consejo de Nasha a su Hija Mayor

Una tarde, la hija mayor de Nasha regresó a casa con unos dolores insoportables de vientre. Se acurrucó en las faldas de su madre y, ésta, que sabía lo que a su hija le sucedía, preguntó:

– Hija, ¿desde qué hora estás así?

Ella contestó:

– Desde el momento en que me acordé de mi periodo menstrual, es decir, desde hace rato. Ayer todo estaba bien, pero ahora ¡mira cómo estoy!

Cuando la madre palpó el vientre de su hija, la cosa fue peor. Estaba sumamente inflamada, como se estaría preñada, pero no lo era.

Entonces Nasha, entre suspiros, dijo:

– ¡Ay, hija! Esto no tiene que ver sólo con tu periodo menstrual, sino con tu estrés, tu aburrimiento y con tus sueños de conservarte intacta.
La joven replicó:

– ¡Pero, madre! ¿Qué estás diciendo? Nuestra cultura, nuestra civilización, nuestras costumbres religiosas, siempre han elogiado la virginidad; es más, es el logro que toda mujer de reputación puede lograr en la vida. No lo digo yo, lo dicen los santos, los fieles servidores de Dios.

Nasha, viendo que la postura de su hija era muy clara, dijo:

– ¡Ay, hija! La vida no se mide por la civilización y por las costumbres. Es más, tus padecimientos se deben a tu lucha en contra de la naturaleza de ser mujer. Por eso te digo:  a menos que te quedes preñado y lleves un niño dentro de ti, no podrás librarte del sufrimiento, del aburrimiento y del estrés; pues siempre notarás que tu vida es vana, que de ella no ha de salir nada, ningún fruto.

La mujer occidental ha aprendido a luchar contra la naturaleza. Por eso, la belleza de la mujer occidental se reduce a lo físico y a lo visible. Hoy la mujer no tiene otra cosa sino ‘culo’. ¿Qué le ha pasado a la mujer? ¿Se le fue la cara? ¿La boca? ¿Sus cabellos? ¿Sus ojos? ¿Qué ha pasado con su misterio?


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La Paz, 14 de Mayo del 2013