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jueves, 10 de julio de 2014

Un Trabajador Valioso

Dos albañiles fueron contratados para arreglar la chimenea de una fábrica que necesitaba una reparación urgente, pero era bastante difícil llegar hasta ahí. Solo podía accederse a ella colocando la punta de un tablón a través de una abertura que daba al exterior y que otra persona se pusiera de contrapeso en el otro extremo interior.
 

El capataz llamó a los dos albañiles y los llevó al torreón de la chimenea y mandó que uno de ellos se colocara dentro, encima de la tabla, y que el otro estuviera fuera para realizar el trabajo de reparación.
 

Sin embargo, el segundo trabajador se negó rotundamente a cumplir las órdenes y dijo:
 

— Aquel podría levantarse y yo me iría abajo.
 

Entonces, el capataz se sentó en el tablón e inmediatamente el segundo albañil se colocó en el lado opuesto y comenzó a hacer la reparación de la chimenea.
 

.... Al terminar, el capataz le preguntó:
 

— ¿Por qué te has atrevido a hacerlo sin dudar cuando yo estaba sentado en la tabla? Yo también hubiera podido levantarme.
 

El trabajador contestó cortésmente:
 

— ¡Oh, no, jefe! Usted no lo hubiese hecho porque me considera un trabajador muy valioso, según figura en mi contrato.

Publicado por: Ohslho
La Paz, 10 de Julio del 2014
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lunes, 7 de julio de 2014

La Elección

Un joven que ya no podía más con sus problemas cayó de rodillas, completamente vencido, sin fuerzas y, sollozando, oró diciendo:
 

— Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada.
 

Dios, como siempre, acudió y le contestó:
 

— Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación, después abre esa puerta y escoge la cruz que tú quieres.
 

El joven suspiró aliviado:
 

— Gracias, Señor —dijo, e hizo lo que le había dicho.
 

Al entrar, vio muchas cruces, algunas tan grandes que no podía ver la parte de arriba. Sin embargo, bien al fondo del recinto, vio una cruz pequeña, apoyada en un extremo de la pared. Dijo entonces:
 

— Señor, quisiera esa que está allá.
 

Y Dios le contestó:
 

 — Hijo mío, esa es la cruz que acabas de dejar.
 

¡Ánimo! ¡No desfallezcas! Dios permite llevar los problemas más pequeños para conseguir triunfos grandes.


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martes, 20 de mayo de 2014

El Judío Avaro

Un hombre judío, quien era tremendamente avaro, se dijo un día: “consultaré con el adivino más famoso de esta región para saber si voy a conservar toda la riqueza que tengo”. Fue a consultar al adivino y éste le dijo:
 

– De la noche a la mañana, todas tus riquezas pasarán a las manos de un hombre pobre.
 

El rico, impresionado por el presagio del adivino, dado que tenía un vecino pobre al cual parecía hacer referencia la premonición, dijo para sus adentros: “no le daré la razón a este viejo que se jactó en anunciarme semejante presagio”.

Entonces decidió vender todos sus bienes y con el dinero obtenido se compró un diamante. El diamante era tan hermoso que el avaro no quiso desprenderse de él ni un solo momento. Siempre lo llevaba consigo. Luego, a fin de gozar siempre de su compañía, escondió entre las aberturas de su turbante. Seguidamente se dijo:
 

“Este miserable vecino jamás obtendrá lo que con tanto esfuerzo he hecho posible. No se enterará dónde está escondida mi riqueza”.
 

Tiempo después, fue un día a la playa para disfrutar de las aguas del mar. Justo al salir de él, vino sobre él un ventarrón, le arrebató el turbante y éste se hundió en las aguas.
 

Aún así, el hombre avaro dijo para sí: he perdido el diamante y con él toda mi riqueza. ¡Que las aguas se aprovechen de ella pero que ningún pobretón la toque!

Sin embargo, sucedió que pocos días después, el pobre vecino fue al mercado a comprase un pescado y, para su suerte, justo al abrirlo, encontró el diamante en las entrañas del pez.
 

Así, una vez más, se cumplió el presagio del adivino de aquella región.

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La Paz, 20 de Mayo del 2014
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domingo, 11 de mayo de 2014

El Amor y los Celos

Había una vez un joven que se casó con una joven muy bonita. Como la muchacha era tan bonita, todo el mundo la deseaba. Entonces se apoderó del joven unos celos que no podía dominarlos. Un día se dijo: “esta mujer, debido a su belleza, es muy deseada por todos. En cuanto me descuide un poco me la van a arrebatar. No dejaré que eso suceda”.

Entonces comenzó a tramar una idea estrafalaria, hasta que un día dijo a la joven:

— Tus ojos miran a todo el mundo, son demasiado bonitos.

Entonces, le arrancó los ojos. Después le dijo:

— Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.

Y le cortó las manos.

— Todavía puede hablar con otros —pensó.

Y le extirpó la lengua. Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.

Por último, le cortó las piernas.

— De este modo —se dijo— estaré más tranquilo.

Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba.

— Ella es fea —pensaba—, pero al menos será mía hasta la muerte; nadie me las arrebatará.

Un día volvió a casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor y coleccionista de fenómenos raros.

Apoderarse de la belleza es tanto como intentar adueñarse de la naturaleza. Intentar adueñarse de la belleza es tanto como perderla, sin haberla conocido. El amor embellece y da alas, en cambio los celos corroen y afean el amor.

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La Paz, 11 de Mayo del 2014
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miércoles, 30 de abril de 2014

El Talismán de la Suerte

Cierta vez, en una región remota, un anciano sabio reveló a un hombre la existencia de un “talismán de la suerte” entre los guijarros de una playa marina. Aquel talismán, según el anciano, podría confundirse fácilmente con cualquier guijarro y que la única diferencia con las demás piedras sería su estado tibio, no frío como las otros.
 
Aquel sabio también había dejado en claro ante el hombre que quien quiera hacerse con el “talismán de la suerte” debía pasear por la playa recogiendo las piedras y que el día en que la encuentre sería el hombre más afortunado de la historia, porque la piedra cumpliría con él la función de satisfacer todos sus deseos.
 

El hombre, enterado de la noticia revelada por el anciano, se marchó a su casa y decidió trasladarse a la playa para buscar el “talismán de la suerte”. Estando allí, cada amanecer comenzó a recoger las piedras. Cuando cogía un guijarro y que era frío, sin chistar nada, lo tiraba al mar. Tal práctica cultivó hora tras hora, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Cada guijarro que sentía frío era lanzado al mar. Sin embargo, se consolaba pensando que esa práctica resultaba sana y agradable.
 

Después de practicar durante varios años, se acostumbró tanto que casi había olvidado la razón de sus paseos matinales por la playa. Disfrutaba mirando el mar, observando el oleaje, escuchando a las gaviotas, y recoger y tirar los guijarros. El mentado oficio, con el tiempo, pasó a ser casi un juego divertido, un hábito, una costumbre perfecta.
 

Pero una mañana, sucedió que tomó en sus manos un guijarro que se sentía tibio, a diferencia de los demás. No obstante, el hombre, cuya conciencia apenas percibía tal diferencia, terminó también –al igual que con las otras– lanzándola al mar porque en tanto tiempo se había acostumbrado al oficio que desempeñaba todos los días.
 

Finalmente, al no advertir que esa piedra tibia era nada menos que el “talismán de la suerte”, dejó escapar de sus propias manos el tesoro que durante muchos años había estado buscando.


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La Paz, 30 de Abril del 2014
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miércoles, 16 de abril de 2014

El Valor de un DÍA

Cruzando el desierto, un viajero inglés vio a un árabe muy pensativo, sentado al pie de una palmera.
 

A poca distancia reposaban sus caballos, muy cargados, por lo que el viajero comprendió que se trataba de un mercader que iba a vender sus joyas, perfumes y tapices a alguna ciudad vecina.
 

Como hacía tiempo que no conversaba con nadie, se aproximó al pensativo mercader diciéndole:
 

— ¡Salud! Parece muy preocupado. ¿Puedo ayudarle en algo?
 

— ¡Ay, amigo! —Contestó el árabe con tristeza—. Estoy muy afligido porque acabo de perder la joya más preciosa.
 

El otro dijo:
 

— ¡Vaya, vaya! La pérdida de una joya no debe ser gran cosa para vos, que lleváis vastos tesoros.
 

— ¡Reponerla! ¡Reponerla! —Exclamó el árabe—. Bien se ve que no conocéis el valor de mi pérdida.
 

Entonces preguntó el viajero:
 

— ¿Qué joya es eso del que tienes tanta aflicción?
 

El árabe contestó:
 

— Era una joya, de valor incalculable. Estaba tallado en un pedazo de la piedra de la Vida y hecha en el taller del Tiempo. Adornábanle veinticuatro diamantes brillantes, alrededor de los cuales se agrupaban sesenta más pequeños. Ya veis ¿cómo tengo razón? Que joya igual jamás podrá reproducirse, ¿verdad?
 

— Sí, —dijo el inglés—. Vuestra joya debió de ser preciosa. Pero, ¿no creéis que con el dinero que tenéis, podéis hacer otra semejante?
 

Tornándose pensativo, concluyó el árabe:
 

— La joya perdida del que hablo es del ‘DÍA’, pues un ‘DÍA’ que se pierde, se pierde para siempre.

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La Paz, 16 de Abril del 2014
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domingo, 6 de abril de 2014

La Calumnia

Cierta vez, un hombre que calumnió gravemente a un amigo suyo. Tal calumnia tenía como base la envidia por el éxito que aquel había logrado.
 
Tiempo después, tras haber provocado la ruina del amigo a través de sus mentiras, se arrepintió y fue a visitar a un sabio –que vivía en la periferia de la ciudad– a quien le dijo:
 
– Quiero enmendar todo el daño que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?
 
El sabio respondió:
 
– Toma un ave de la granja y desplúmalo mientras vayas recorriendo por todas las calles de la ciudad.
 
El hombre, muy contento por aquella tarea tan fácil, tomó un ave de la granja y fue desplumando por todas las calles de la ciudad. Después de haber cumplido con la tarea, regresó donde el maestro y dijo:
 
– Maestro, he terminado la tarea que me ha encomendado.
 
Entonces, el sabio contestó:
 
– Esa era la parte fácil... Ahora debes volver por las mismas calles para recoger todas las plumas que habéis esparcido.
 
El hombre se entristeció, pues sabía lo que eso significaba. Se puso a trabajar pero no consiguió recoger sino alguna que otra pluma. Luego se presentó al maestro, casi con las manos vacías, y éste sentenció:
 
– Así como no pudiste juntar casi ni una sola pluma de lo que habéis derramado, así también el mal que hiciste se esparció de boca en boca… No hay forma de reparar el daño que hiciste.
 
'La envidia es la gestora de la calumnia'

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La Paz, 06 de Abril del 2014
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